A PRECIO DE MARRANO
Siguiendo con las pendejadas de un amigo cercano, voy a relatarles una de mis fobias más grandes: las idas al mecánico.
Desde mucho antes de tener conciencia de mi mismo, existieron en mi cabeza los automóviles. Primero fueron los prototipos metálicos en miniatura que recorrían pistas armables con carrileras metálicas que poníamos a competir entre si. Luego vinieron los modelos a control remoto. Recuerdo que mi padre nos trajo de Europa unos modelos de la Ferrari, Lamborghini, de la BMW. Jugamos con ellos hasta el punto de dañarlos. Mi hermano, que siempre ha sido mucho más apasionado que yo por los automóviles, aún guarda el suyo y otros más que siguió acumulando con el tiempo. Mucho antes de cumplir la edad legal para poder manejar, insistíamos a mi madre dejarnos manejar su carro para ir aprendiendo las mil peripecias del ir al volante. Al principio de los años noventa, Barranquilla era una ciudad amable, tranquila y descongestionada. Las importaciones de vehículos apenas estaban comenzando, y no era extraño ver niños jugando bola de trapo en las calles de los barrios. Yo aprendí a manejar en Villa Santos, un barrio tranquilo y recientemente urbanizado en las afueras de la ciudad. En ese momento, realicé el sueño de todo niño de tener bajo su mando, un carro de verdad verdad, con el cual poder recorrer las calles preferidas, viajar de un lugar a otro, salir a pasear con los amigos y hasta recoger a la chica especial del colegio e invitarla al cine o a comer un helado. Digo niño porque en ese entonces tenia 15 años, y hoy lo siento tan distante como para no acordarme que en ese momento el referirse a mí como niño me resultaba un insulto. Ese sueño tuvo que esperar unos cuantos años. Mis primeras idas y venidas sólo al volante eran para ir a la droguería, llevar encomiendas, o recoger a uno u otro familiar. Con el pasar del tiempo, me gané la confianza y pude disfrutar de muchas aventuras al volante. Pasé por todo: el carro para ir a recochar con los amigos, el carro para recoger a la novia, el carro para viajar a Cartagena, a Santa Marta, para ir a la playa, para ir al cine, a los bolos; el carro para estrellarlo, para enmaizenarlo en carnavales, y para salir corriendo cada vez que hacíamos una maldad. Era nuestro cómplice, nuestro amigo, un miembro más de la familia.
Han pasado más de diez años desde la primera vez que me senté en el asiento del conductor de un carro, y como muchos, olvidé hacer la tarea más importante de todas: aprender acerca de mecánica. Tuve todo el tiempo del mundo para hacerlo, pero no lo hice. Y hoy, estoy pagando con creces el error. Abrir el capó del carro ya resulta bastante aparatoso. Imagínense ahora, revisar esa maraña de cables y tubos conectados de un lado al otro, con flujos de aceite hidráulico, liquido de frenos, aditivos y agua para el radiador. A este punto, me aferro al refrán de que perro viejo no aprende trucos nuevos. Y así, me he visto a merced de los mecánicos, profesión que me resulta muy similar a la del abogado, donde se trabaja con el sufrimiento de lo ajeno. Como uno no conoce la ley, lo brincan. Igual pasa con los mecánicos. Como no sabemos del motor, el carro puede que no tenga absolutamente nada, pero hay que cambiarle las pastillas a la bomba de la gasolina, apretarle las tuercas al radiador, reparar los ventiladores del carburador, y así, un montón de mentiras que no logramos reconocer como tal. Digamos que aún cuando se tiene suerte y un amigo o familiar experto en la materia, le colabora revisándole el auto y le encuentra el daño, cuando se va al mecánico, no se sabe exactamente el valor de la reparación del mismo. No hay (y pienso que por consenso mutuo) una asociación o gremio de mecánicos. No les conviene. Cada quien cobra según el marrano. Esa es la ley del mecánico.
Casualmente, en días pasados, estuve haciéndoles una visita a mis “amigos”. El carro tenia un fuerte olor a gasolina y me asusté pensando que podría ser algo grave. La preocupación duró más de 2 meses hasta que por fin me decidí a llevar el carro al taller. Era más fuerte en mí, el miedo a ser engañado por los mecánicos que mi instinto de supervivencia. Cuando llegué con el carro, lo revisaron de inmediato. El mecánico me alarmó diciéndome que esto era algo peligrosísimo. Un escape de gasolina en el motor podría ocasionar un incendio y hasta llegar a explotar el carro. Imaginé las películas de Hollywood con sus efectos pirotécnicos y su amor por las llamas y las explosiones fantásticas. Era imperativo que dejara el carro y fuese a conseguir el repuesto que me solicitaban. Guiado por mi desconfianza, decidí hacer caso omiso a su dictamen y me dirigí a la venta de repuestos que me indicaron. Allí compré el repuesto, una bomba de gasolina, no sin antes preguntar mil veces si era la pieza correcta para mi auto. “Es que no todas las piezas son iguales, y los motores cambian con los años. No es lo mismo una pieza 2005 que 2006. Puede que haya tenido cambios y no le sirvan las piezas de un modelo al otro, no importa que la marca sea la misma. En eso estamos claros, si?” me dijo el señor de la tienda, mientras me miraba como si fuese un analfabeta; pareciera que todo hombre debía saber de estas cosas. “Está en el código de hombres, idiota!” me decía con su mirada. Igual, el tipo no podían creer que manejara un carro que estuviera botando gasolina, pudiendo provocar un accidente mayor. En ese momento, caí en la cuenta de que el mecánico estaba en lo cierto. Igual me pasa con los doctores, (en quienes menos confío, por eso de que el interés económico prima sobre la ética y las buenas costumbres) que me recetan una cosa y termino haciendo otra, tomando yerbas o menjurjes caseros. Cuando realmente me siento enfermo, opto por tomarme los medicamentos recetados. Con la certeza de estar cometiendo un error, prendí mi carro y me dirigí rápidamente hacia el mecánico. El miedo de que se incendiara el carro crecía a medida que llegaba a un semáforo en rojo o me detenía para hacer escuadra. No veía la hora de cambiarle la pieza al caro y parar el sufrimiento. Llegué al mecánico y le rogué que por favor pusiera la pieza lo más pronto posible. Sentí ganas de pedirle perdón por mi incredulidad y desprecio hacia su conocimiento. Pero no lo hice. Tal vez porque si lo hacia, la cuenta crecería en proporciones agigantadas. Porque ellos sienten el miedo o la ignorancia del cliente y la exprimen al máximo. Pero pensé que tal vez este mecánico en particular, si era honesto, alguien en quien podría confiar en un futuro, y me senté a esperar con la tranquilidad de saber que estaba en buenas manos. Mientras esperaba, llegó otro cliente: una señora, de unos cincuenta años aproximadamente. Se quejaba de que la reversa del carro no estaba funcionando adecuadamente. Dejó el carro y dijo que volvería en veinte minutos. El mecánico mandó a poner el carro en una rampa para probar la reversa. Estaba en perfecto estado. No le encontraron ningún daño. “Debe ser que la señora no sabe pasar los cambios” le dijo el uno al otro en un tono jovial y burlón a la vez. Cuando regresó la señora, el mecánico le dijo que el pin del pasador de los satélites estaba dañado, que lo dejara hasta mañana para arreglarlo. Imagino que la señora quedó igual de desconcertada que yo, pues la palabra satélite solo la había escuchado en clase de ciencias y hacía referencia al mundo espacial. Pensé en decirle a la señora que la estaban timando, que su carro no tenía nada, que esos tipos eran unos estafadores. Pero vinieron a mi mente todas las herramientas de trabajo que ellos utilizan: destornilladores, crucetas, varillas de hierro, tacos de madera, y otras más que golpean igual de duro pero desconozco su nombre. Preferí quedarme callado, no sin echarle una mirada acusatoria a mi verdugo. Lastimosamente me convertí en cómplice y caí en la cuenta de que las cosas seguían igual como antes y que nada había cambiado en mi relación tormentosa con los mecánicos. El mecánico seguía siendo mecánico y el cliente seguía siendo un marrano.
lunes, 15 de marzo de 2010
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